lunes, 11 de julio de 2016

'El blanco móvil', de Ross Macdonald: Lew Archer, la maldad y el clásico más negro

       "-Empezaré por el principio. Cuando entré en la policía en 1935, creía que el mal era una cualidad con la que algunos habían nacido, como un labio leporino. El trabajo de policía consistía en descubrirlos y quitarlos de en medio. Pero el mal no es algo tan simple. Todo el mundo lo lleva dentro de sí, que éste salga a la luz depende de una serie de circunstancias. Entorno, oportunidad, presiones económicas, una pizca de mala suerte, un mal amigo- El problema reside en que un policía tiene que juzgar a los demás casi a dedo y actuar inmediatamente

    -¿Juzga usted a la gente?

    -A todo el que conozco. Los graduados de la academia de policía dan mucha importancia  al detección científica, lo que es cierto a medias. Pero la mayor parte de mi trabajo consiste en observar a la gente y en juzgarla.

    -¿Y encuentra el mal en todo el mundo?

    -Justamente. O me estoy volviendo más intransigente o la gente va de mal en peor. La guerra y la inflación siempre auspician una buena cosecha de maleantes (...)"

    Enfrentarse a un monstruo de la novela negra más clásica es todo un reto. Un reto que se acaba pronto. Enseguida la historia te atrapa y quieres más y más, y eso que Lew Archer, el inmortal detective creado por Ross Macdonald, no es un superhérore y mucho menos Stallone en Rambo II o Tom Cruise en las inacabables -y, a veces, inaguantables- 'Misiones imposibles'.

    -El crimen a menudo se disemina así -dije-. Como una epidemia. Lo habrá visto antes alguna vez.
 
    -No en uno de mis amigos. -Se quedó silencioso durante un momento-. Bert hablaba, hace un minuto, de Kierkeggard. Citó algo sobre la inocencia. La inocencia es como estar al borde de un profundo abismo. Es imposible mirar hacia el abismo sin perderla. Una vez que se ha mirado, se es culpable. Bert dijo que él miró (...)

    'El blanco móvil', de Macdonald, cuarto integrante de la Santísima Trinidad de la novela negra, junto al Dios Hammett, Jesucristo Chandler y el espíritu santo Jim Thompson, es una delicia. Es un clásico porque jamás perderá frescura. Lo leas hoy, hace 40 años o dentro de 100, seguirá siendo un novelón. 

 
    "Sabía lo bastante acerca de él como para comprenderlo. Miranda constituía todo lo que él había soñado: dinero, juventud, pechos puntiagudos, una auténtica belleza".

    En este libro pocas cosas sobran. Los personajes son absolutamente reales, las acciones más que duras, las mujeres fatales y los hombres, entre ambiciosos, estúpidos y muy violentos. Vamos, que una fiel radiografía de los gloriosos años del Hollywood de 'El sueño eterno' o 'El halcón maltés'. Sin perder, en 2016, actualidad ni frescura algunas.


    "Intenté sonreír para alentarme. Al fin y al cabo, yo era un buen tipo. Amigo de maleantes, putas, casos difíciles y blancos fáciles; un detective privado con el ojo en la cerradura de dormitorios ilícitos; informante de los celos, rata tras las paredes, pistolero a sueldo para cualquiera que pague cincuenta pavos al día; pero, después de todo, un buen tipo".

    Cinismo, causticidad, acción, disparos, corrupción, matones, vampiresas, ricachones, traidores... conforman un lugar en el que solo Archer parece sobrevivir y mantenerse limpio entre lo más degradado de la condición humana.

    "-¿De qué escapa, Archer? -preguntó burlona.

    -De nada. ¿Quiere usted una respuesta seria?

    -Sería bueno para variar.

    -Me gusta el peligro dosificado. Peligro domesticado, controlado por mí. Me proporciona una sensación de poder, supongo, ser dueño de mi propia vida y saber que no voy a perderla".